miércoles, 22 de enero de 2020

Si ya sabía yo que no tenía que haber venido

Si ya sabía yo que no tenía que haber venido. Si ya sabía yo que no tenía que haber venido. Esa era la cantinela que no cesaba de martillear en su cabeza, desde el mismo momento que cruzó las puertas de la sala.
La música atronaba en sus oídos, estaba muy alta y además no le gustaba. Aunque, siendo sinceros, lo raro sería que le gustase. Las luces le hacían temer que estuviera a punto de sufrir un ataque epiléptico. El olor, esa mezcla de alcohol, sudor y aliento de tabaco, le repugnaba hasta la náusea. Aunque lo peor era la gente. Pero, ¿de dónde coño ha salido tanta gente? Y míralos, pegando saltos como si fueran monos drogados. Bueno, en honor a la verdad, drogados sí que estaban, al menos la inmensa mayoría.
Si ya sabía yo que no tenía que haber venido.
Cuando su amigo Gabriel le pidió que le acompañara, no fue capaz de decirle que no. Sabía que Gabriel, conociéndole como le conoce, jamás le hubiera pedido que fuera con él, si no tuviera un buen motivo. Y lo tenía, Sandra, la chavala que lo traía loco desde la infancia, iba a estar allí. Recientemente lo había dejado con su novio, y Gabriel, cansado de indecisiones y de intentar pillarla entre novio y novio, por fin había decido dar el paso y abrirla su corazón. ¿En serio, Gabriel, de verdad piensas que una puta fiesta de Nochevieja es el mejor sitio para declarar tu amor a alguien?
Su hasta ahora mejor amigo, después de esa noche tenía dudas de si seguiría siéndolo, conociendo su mezcla de odio y terror por las multitudes, le había prometido que no le dejaría solo. Y había cumplido, por lo menos durante los 35 minutos que tardaron en encontrar a Sandra, momento en que habilidosamente, y con la excusa de acompañarla fuera a fumar, desapareció. Maldito traidor. Miguel seguía esperando en el mismo sitio donde Gabriel le había dejado. Quería creer que volvería a buscarle, aunque empezaba a tener la seria sospecha de que lo haría. Maldito traidor.
La gente empezaba a mirarlo más de la cuenta, preguntándose quien sería ese bicho raro que llevaba parado cerca de una hora en el mismo lugar, y eso le hacía sentir aún más incómodo de lo que ya estaba. Era consciente de que, en un sitio donde se supone que has ido a divertirte, su cara de agobio absoluto debía destacar como un mojón sobre un suelo de mármol.
El cansancio también empezaba a hacer mella en él, quería beber algo, y no estaría de más poder sentarse un rato. Tratando de serenarse, miro a su alrededor, evaluando la situación. No había sillones libres, eso por descontado. El único hueco libre que veía, era en un sillón bastante grande, en el que solo estaba sentada una chica. Durante un rato se debatió entre las ganas de descansar y la incomodidad que le ocasionaba el sentarse en el mismo sillón que otra persona. Y aun contando con que consiguiera reunir el valor de tomar asiento junto a ella, eso no solucionaba su otro problema, la sed. Ahora mismo mataría por un vaso de agua bien grande. La cena había estado exquisita, su madre cocinaba como nadie, pero en esta ocasión, hay que reconocer que se la había ido la mano con la sal.
Llegar a la barra era una tarea aún mucho más complicada que sentarse. Como no podía ser de otra forma, estaba en la otra punta de la sala, además de que había hasta tres filas de gente intentando hacerse con una copa del garrafón de mierda, que todos bebían. Teniendo en cuenta que en lo que a camareros se refiere, él era el jodido hombre invisible, aunque consiguiera llegar a la barra, todo apuntaba a que se quedaría apoyado en ella, como un elemento decorativo más, sin conseguir pedir una triste botellita de agua. Puta vida.
De las dos opciones que se le planteaban, el sentarse en el sillón se le antojaba la más fácil, pero necesitaba beber algo con urgencia. Había que tomar una decisión. De repente, lo vio claro. El sillón estaba al lado de los servicios, podía beber agua allí, que por mucho asco que le diera, siempre sería mejor que jugar la carta de la barra, y luego proceder a la operación sillón.
Aun necesitó pensarlo un poco más, para reunir el valor de comenzar a moverse. Por increíble que pueda padecer, este tipo de situaciones pueden llegar a ser muy invalidantes, para una persona con una fobia social tan acusada como la de Miguel.
¡Venga, vamos Miguel, con dos cojones!
Sonaba “Follow the leader” y la gente estaba haciendo el monguer en bloque. Se movían todos en la misma dirección y el rebaño era algo más controlable. Era el momento de poner en marcha el plan trazado. Tratando de andar lo más alejado posible de la muchedumbre convulsionante, empezó a caminar hacía el servicio. La mirada fija en su destino, nada podía salir mal…. Y entonces, la música cambió. Un grito colectivo de júbilo resonó por toda la sala. Unos acordes, demasiado reconocibles, hacían presagiar el fatal desenlace. ¡La Conga!. Se alejó lo más que pudo, de la fila que empezaba a formarse, y apretó el paso y los dientes. De repente, unas manos le agarraron inmisericordes por la cintura, mientras le empujaban hacía delante, queriéndole convertir en un eslabón más, de esa cadena infernal. Trató de zafarse del agarre, pero la pava que le sujetaba, era una profesional de las congas, y se negaba a soltar su presa. De pronto, sintió que el aire empezó a faltarle, su cuerpo se negaba a obedecer, las luces estroboscópicas le estaban jugando malas pasadas, haciendo parecer aún más irreales las caras que le rodeaban. Necesitaba salir de esa maraña de gente a la que estaba siendo arrastrado. En un último y desesperado intento de tomar el control de su cuerpo, se giró bruscamente hacía la derecha, sintiendo que el agarre por fin cedía, por lo que aprovecho para alejarse corriendo. No fue muy lejos. Al segundo paso, un pie se interpuso en su camino, haciéndole caer de bruces al suelo.
Empezó a arremolinarse gente en torno a él, preguntando, tocando, queriendo levantarle. Quería gritarles que le dejaran, pero mientras trataba de encontrar su propia voz, otra voz que no era la suya, se alzó sobre todas las demás.
-¡Dejarle en paz!, ¡¿es que no veis que le estáis agobiando?! –Era una voz femenina, a él le sonó como la de un ángel. –Venga, volver a lo vuestro, que él está bien.
Como por arte de magia, la gente obedeció y volvieron a bailar, olvidándose de él. Miguel sintió que el aire volvía a sus pulmones, inspiró fuerte, tratando de llenarlos lo más posible y lo retuvo unos segundos, como había aprendido viendo videos de meditación en Youtube. Cuando se sintió más tranquilo, pudo ser consciente de que seguía sentado en el mismo lugar en que había caído, pero no estaba solo, a su lado estaba sentada su salvadora. Levantó la vista y la miró. Era la chica que llevaba toda la noche sentada sola en el sillón. La sonrió tímidamente y ella le devolvió la sonrisa.
-Aquí no se está mal, pero en el sillón se está mejor. –Le dijo mientras le tendía la mano.
Miguel aceptó la ayuda y ambos se levantaron y se sentaron en el sillón, que estaba tras ellos. Ese sillón en el que hacía solo unos minutos, había querido sentarse, pero no sabía cómo hacerlo.
Estuvieron unos momentos en silencio, los dos mirando hacia abajo. Aun no se habían dado cuenta de que no se habían soltado la mano.
-Hola! Soy Paula, y yo también preferiría estar en cualquier otro sitio menos aquí. –Dijo guiñándole un ojo.
-Hola Paula, yo soy Miguel. –Dijo riéndose. -Muchas gracias por quitarme a toda esa gente de encima, realmente estaba muy agobiado.
-¿Y cómo es que una persona tan antisocial viene a una fiesta de nochevieja?. –Le preguntó con una sonrisa. –No te lo tomes a mal, eh? Yo también tengo fobia social.
-He venido por hacer un favor a un amigo. Se enteró de que la chica que le gusta desde hace mucho, iba a venir a la fiesta, y me pidió que le acompañara. El muy traidor me ha abandonado en cuanto nos la hemos encontrado. –Contestó Miguel con una mueca.
-Anda! Yo también he venido por hacer un favor a una amiga. La pobre está de bajón porque lo ha dejado hace poco con su novio. Si te sirve de consuelo a mí también me ha abandonado –Paula le devolvió la mueca. –Ah! Mira, precisamente por ahí viene, y no parece que le haya ido mal. –Dijo riéndose.
Miguel levantó la vista hacía el lugar donde miraba Paula. Una pareja se acercaba sonriente hacía ellos. Eran Miguel y Sandra.

4 comentarios:

  1. Buen final para un horrible momento. Me ha gustado tu relato, lo vas llevando y no ves el final. Me has transmitido la angustia de tu protagonista. Vengo de twitter a visitarte, yo también participo en el reto, Te espero en blog https://aorillasdeloria.blogspot.com

    ResponderEliminar
  2. Te pilla dese el principio.
    Mola el reto, me pica el gusanillo.
    Hasta se me ha ocurrido un relato así a grandes rasgos.
    A ver si saco un rato y lo pulo.
    Leerte me ha animado a escribir.

    ResponderEliminar